Fiestas patria(rcale)s

by Sep 11, 2020Descompases0 comments

Por Denisse Menjívar

Las celebraciones de la independencia de El Salvador no están exentas de violencia de género. En su columna ilustrada, Denisse Menjívar analiza la figura de la cachiporrista como forma de violencia simbólica.

Septiembre es de esos meses en los que los salvadoreños ya sabemos qué esperar. Cuando termina el último día de agosto, año tras año, inician las promociones de comida, los 2×1 institucionalizados, los desfiles, la banda de paz y las ansiadas cachiporristas. El realce del color azul y los símbolos patrios traen consigo prácticas culturales que debemos observar bajo el lente de la perspectiva de género. 

Es relevante mencionar qué hay detrás de estos íconos y costumbres. En los eventos cívicos, es común ver a niñas y adolescentes con faldas diminutas, botas altas y de tacón, capas de maquillaje y peinados iguales. Estos elementos son parte de lo que los psicólogos Mauricio Gaborit y Mercedes Rodríguez reconocen como el mito del “eterno femenino”, que busca establecer estereotipos y márgenes dentro de los cuales se define qué es una mujer femenina, atractiva o deseable.

En 2010, el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) impulsó la prohibición de las cachiporristas en los eventos escolares. Sin embargo, esto desató una polémica entre la población, pues muchos insisten en que esto era parte de la cultura salvadoreña.

En realidad, esto no es del todo cierto: no es ni inherente a la cultura, ni propio. Tiene sus raíces en Estados Unidos, por los años 1890, y no fue sino hasta 1940 que se decidió incluir animadoras en los desfiles, ya que en los centros educativos no había otras alternativas de prácticas deportivas para mujeres.

 

La iniciativa no duró mucho: un par de días después, el presidente de esos años, Mauricio Funes, pospuso la propuesta y, como muchos de los temas de violencia contra la mujer en El Salvador, quedó en el olvido. Sin embargo, la discusión merece reabrirse.

Al ser expuestas desde pequeñas a la idea de deber ser atractivas, con “buen cuerpo”, sonrientes y, sobre todo, complacientes, las jóvenes cachiporristas se enfrentan a una adolescencia orientada a conseguirlo, que puede hasta afectar su autoestima y autopercepción. El papel que la mujer toma en estos desfiles reduce el cuerpo femenino a una distracción: las cachiporristas son adorno del Día de la Independencia.

Al espectáculo de la feminización, se suma la sexualización temprana – a partir de los atuendos utilizados – que vulnera a la niñez y adolescencia. El espacio público, en marco de las fiestas patrias, se vuelve una instancia que refuerza la objetivación y desigualdad con base en género. No se protege a estas jóvenes de depredadores, ni de acoso sexual, tanto en los desfiles como en el espacio cibernético: en redes sociales, muchos comentarios en las fotografías de cachiporristas de muy corta edad son cosificantes y violentos. 

Mientras los centros educativos sigan incluyendo a la figura de la cachiporrista en sus eventos cívicos, seguirán promoviendo prácticas que sexualizan la infancia y celebrando “costumbres” en las que se refleja la violencia contra la mujer de manera social e institucional.

 

Denisse Menjívar es una estudiante de Comunicación Social, obstinada en ver al mundo desde una perspectiva de género y cambiar su cabello cada mes. Siempre le han dicho que habla muy fuerte, en volumen y en contenido. 

Alharaca en redes

Más historias

Cindy

Cindy

Por Julia Gavarrete| La Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador determinó que Cindy no tuvo la intención de matar a su hijo y corrigió así una sentencia de una jueza que condenó a la mujer a 30 años de cárcel. Pero para Cindy no ha habido justicia plena, aún. La reducción de su pena a 10 años no hizo cambiar el delito: homicidio agravado. Cindy tenía planeada una vida con sus hijos y su pareja.

Alba Lorena

Alba Lorena

Por María Cidón Kiernan | Vivió más de nueve años en la cárcel. El Juzgado de Sentencia de Santa Tecla condenó a Alba Lorena a 30 años en 2010 por el homicidio agravado de su hijo recién nacido. La Corte Suprema de Justicia, el 7 de marzo de 2019, la liberó: reconoció que la condena era desmedida y que sus derechos fueron vulnerados desde niña: nunca pudo asistir a la escuela, fue violada y obligada a trabajar desde los 11 años. El Estado no ha reconocido sin embargo que sea inocente.

Maritza

Maritza

Por Julia Gavarrete| La Fiscalía no mostró ninguna prueba contundente, ni una, que evidenciara en el juicio que Maritza asesinó a su bebé recién nacido. Eso lo reconocieron los tres jueces de Sentencia de La Unión que abordaron el proceso contra Maritza por homicidio agravado.

Manuela

Manuela

Por María Cidón Kiernan | La historia de Manuela ya terminó. Murió en abril de 2010 por un cáncer linfático, mientras cumplía una condena de 30 años de cárcel. El 31 de julio de 2008, casi dos años antes de su muerte, el Juzgado de Sentencia de San Francisco Gotera la había declarado culpable del homicidio agravado de su hijo recién nacido. Tres jueces de Sentencia de El Salvador creyeron que Manuela asesinó a su hijo lanzándolo a la fosa séptica mientras daba a luz. Creyeron en una hipótesis que decía que ella tenía miedo a que descubrieran que era infiel. Su caso ahora es estudiado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Nacer varón

Nacer varón

Por Laura Aguirre y Carolina Bodewig/ Ilustración: Judith Umaña | En este episodio hablamos con dos activistas hombres, integrantes de un colectivo en el que reflexionan sobre las masculinidades, lo que significa nacer varón, los privilegios y los costos que la sociedad le impone a los hombres que no cumplen con el mandato de masculinidad hegemónica. Pero también conversamos sobre posibilidades y las formas que algunos están retando y deconstruyendo ese modelo.

Share This