“El periodismo tiene que ser feminista”

by Aug 10, 2020Lo más reciente0 comments

Por Lauri García Dueñas
Fotografías por Mario Miranda del Río

Carolina Rojas es una periodista feminista chilena. Su libro, “Abandonados” destapa abusos sufridos por niñas, niños y adolescentes internados en hogares del Servicio Nacional de Menores en Chile. En esta entrevista nos habla sobre hacer periodismo feminista y visibilizar las voces silenciadas.

Carolina Rojas es periodista, actualmente escribe para medios independientes de Chile y el extranjero. Sus reportajes han sido publicados en Revista Paula, Gatopardo, Anfibia, The Clinic, El Desconcierto y Revista Ñ. Ha ganado premios de investigación periodística como el de la Fundación Comunicación y Pobreza, “Pobre el que no cambia de mirada”, 2016, Premios MAGS (Mejor reportaje de revista femenina) y finalista del Premio de Periodismo de Excelencia 2016 . Ha sido becaria de la Fundación Gabo.

“Abandonados” (Chile, Random House Mondadori, 2020) Una investigación periodística que destapa las irregularidades y abusos sufridos por niñas, niños y adolescentes internados en hogares y centros dependientes del Servicio Nacional de Menores (Sename) de Chile, donde han muerto 1313 infantes en diez años. Un relato que no solo describe a Chile, sino que nos hace preguntarnos por el adultocentrismo y los abusos contra la infancia en América Latina. Entre ellos, las niñas obligadas a ser madres.

Carolina, cuéntanos de ti, ¿en qué año naciste?, ¿dónde?, ¿dónde estudiaste Periodismo?, ¿quiénes son tus padres?, ¿tienes hermanos?

Nací en Santiago, en dictadura, lo que creo que marca bastante a mi generación respecto del miedo. Estudié periodismo y fue mi primera elección, no tenía ninguna duda, terminé rápido y tuve la suerte de encontrar trabajo muy joven, lo que me permitió rodearme de gente brillante a corta edad. Después, empecé a aprender mucho del periodismo de afuera, creo que también influye en el hecho de cómo me gusta contar las historias. Casi todos mis reportajes o crónicas son sobre derechos humanos y mujeres. Nuestra biografía también nos cruza y tensiona a lo largo de la vida, creo que ver tanta opresión, tanta desigualdad en mi país, te va marcando sobre lo que quieres contar. Soy la mayor de cuatro hermanos (tres mujeres y un hombre), hija de padres jóvenes, bastantes abiertos respecto de las libertades individuales. Votaron por el No en 1988, yo era muy chica, pero recuerdo su alegría, padres a los que la dictadura les mutiló su juventud. Recuerdo la violencia y represión durante el estallido social. Y los “toque de queda”, los entendí mucho más. Les dije, “Ahora los comprendo, ¿cómo pudieron aguantar tanto tiempo? 17 años de esto”.

Cuéntame una anécdota de infancia que haya definido tu vocación o te haya marcado.

Me dan pudor esas epifanías que cuentan los periodistas o escritores, como que siempre estuvieron destinados a iluminar, pero ahora que salió el libro, mi familia o mis amigas me han recordado que mi interés siempre fue bastante claro. Mi mamá me dice que vivía escribiendo cuentos, les ponía tapa de cartulina, que era muy curiosa, que me gustaba leer mucho. Y una amiga del colegio me recordó que estuve encargada de un diario mural donde redactaba las noticias. La verdad es que hoy siempre me recuerdo reclamando, alzando la voz. En mi casa, me criaron para nunca quedarme callada y eso siempre me acompañó, hasta hoy.

¿Te consideras una persona privilegiada porque eres universitaria o por alguna otra razón?

Hoy mi país atraviesa una situación muy fuerte, en medio de la pandemia, los estratos más bajos, la gente pobre ha quedado abandonada a su suerte. Me ha tocado reportear sobre migrantes muertos sin atención, campamentos con piso de barro, sobre las protestas del hambre que nos devolvieron a los peores recuerdos de la dictadura: Gente que engaña al estómago con una taza de té al día porque no tienen qué comer.

Desde ahí, me considero una persona más que privilegiada y, todos los días, hago el ejercicio de recordarlo: tengo techo, un trabajo y ducha caliente. Luego sigue tener educación superior, en mi trabajo siempre he tenido mucha suerte, que te paguen por lo que amas hacer, también es un privilegio, que más se le puede pedir a la vida…

Para mí, lo más importante es aprender a usar esa posición para revelar justamente la desigualdad de las que soy testigo de manera cotidiana. Pero soy mujer y de extracción clase media. Varios logros me han costado el triple que un hombre chileno de extracción alta.

¿Te consideras feminista?

Sí, incluso desde cuando no le había puesto nombre a mis constantes tensiones con ciertos mandatos de género, todo lo que nos va condicionando: que se espere cierta pasividad de nosotras, pareja a cierta edad, maternidad en otra. He vivido mi juventud de manera bastante libre y me he dedicado harto a mi trabajo. Aun no soy madre, pero no es algo que tensione mi relación de pareja ni lo feliz que soy.

A las feministas nos llega el momento en que esas reflexiones no pueden ser solo individuales, se necesita trabajar por un objetivo que cambie las condiciones de opresión permanente. Chile es un país conservador, bastante hostil con las mujeres, hay maternidades precarizadas, falta justicia, etc. Soy feminista desde que estoy comprometida con esas luchas. Desde el periodismo que hago, soy parte de la Red de Periodistas Feministas de Chile y hemos asumido algunos retos: Generar más espacios, noticias con perspectiva de género, el uso de lenguaje no sexista y estamos en constante diálogo.

Necesitamos más mujeres y personas de las disidencias sexuales en la opinión, nuestra voz tiene que estar representada. Hasta hoy, las periodistas nos hemos visto enfrentadas a un patriarcado mediático, el que se proyecta en la diferencia de sueldos, en las relaciones laborales, (acoso laboral o sexual), las periodistas viven masculinizándose para no ser víctimas de cosificación, acoso o discriminación. Experiencias que por cierto también he vivenciado.

¿Crees que el periodismo pueda ser feminista? ¿Por qué?

Hay bastantes periodistas y mujeres –lo que me ha llamado la atención– que dicen que el periodismo no puede ser feminista. En mi opinión, el periodismo tiene que ser feminista, cuando tiene que ver con el impacto que generas con tu trabajo. En la mayoría de las noticias que reporteamos, hay desigualdad de género y está presente la interseccionalidad, de las mujeres mapuche, mujer migrante, mujer trans etc. Hablar sobre aborto sigue siendo necesario, las mujeres en Chile aún se enfrentan a un contexto conservador donde muchas veces el embarazo resulta visto como un castigo del que la mujer debe hacerse responsable.

En mi país, gran parte de la sociedad está convencida de que el aborto es un crimen. Por ese motivo, la implementación de la ley de aborto por tres causales ha estado llena de adversidades. En mi libro, llevo justamente la historias de niñas que fueron obligadas a ser madres, muchos de esos embarazos producto de violaciones de hombres de su propio entorno. Es el periodismo feminista el que ha visibilizado todos esos temas que no estaban en las pautas.

Por otra parte, no sólo nos enfrentamos a un gremio históricamente dominado por hombres, nos enfrentamos también a medios de comunicación afectados por intereses empresariales y religiosos, dominados por ellos. Las nuevas generaciones-y especialmente mujeres- han llegado a los medios, particularmente a los medios independientes, a poner pautas comprometidas con el feminismo y la comunidad LGBTI+. Los activismos ligados al feminismo y a las disidencias de todo tipo, están avanzando. El periodismo ya es feminista. La información, el chequeo, la documentación siempre será la base del periodismo, en mi caso, me gusta mucho la investigación, la rigurosidad, pero la interpretación está presente desde el momento uno: cuando escoges el tema. Desde ese momento, ya hay una construcción política, un punto de vista.

Cuando te conocí, en 2007, estabas trabajando un reportaje sobre una escuela de señoritas y tu trabajo me flechó… ¿Qué te hizo tomar ese camino periodístico hasta hoy? Dedicarte a la investigación y por intuición a los temas de género que han sido invisibilizados.

Sí, ese fue un tema que pegó muy fuerte en Chile, se tituló “Escuela de señoritas”, que hablaba sobre una carrera que impartía una universidad del Opus Dei, se llamaba “Administración de Servicios”, sus ramos eran cátedras sobre el cuidado del hogar, la crianza, la carrera solo se impartía ahí. Ellas aprendían cosas básicas y el servir, ambos puntales del rol de la mujer en la estructura jerárquica del Opus Dei. Lo encontré muy impactante, dado que en Chile hay autoridades, empresarios y políticos ligados a esta orden. Tenía 23 años cuando empecé a trabajar de periodista y siempre me interesaron los temas de derechos humanos, las mujeres y la desigualdad. Todo lo que habita en mi país. Chile es uno de los países más desiguales del mundo. A veces, iba a talleres con colegas extranjeros que me hablaban con admiración de este Chile que les parecía tan ordenado, con un modelo de economía ejemplar y ahí les explicaba lo de endeudarte para estudiar, de los precios exorbitante de todo y de un tejido social destruido en dictadura. Luego ocurrió el estallido social, que vino a demostrar al mundo que este país había eclosionado por dentro y los periodistas lo veíamos venir. Había una crisis de legitimidad política y mucho descontento.

Chile aún es un fundo, donde los poderosos se siguen relacionando con los trabajadores y los pobres desde el patronazgo. Lo hemos visto en la pandemia, donde la ayuda para combatir el hambre que está viviendo la gente, no existe, es una caja de alimentos. Es caridad. En un fundo, siempre hay abuso de poder y esas historias son las que me interesan. Esa forma de vivir termina tensionando todos los ámbitos de la vida de los chilenos, hay maltrato, sumisión y hay sumisión porque hay miedo. Hay abusos que se terminan normalizando y, en el libro, hablo justamente de eso, de la normalización de los abusos a niños y a niñas.

Cuéntame la historia de “Abandonados”, ¿de qué pulsión surge esta investigación, cómo construiste el tinglado del libro?

“Abandonados” es el resultado de una investigación periodística de tres años sobre los abusos, muertes e irregularidades de las que son víctimas niños, niñas y adolescentes dentro de hogares de protección o centros cerrados (cárceles) del Servicio Nacional de Menores (Sename), es decir, quienes están bajo la tutela del Estado. Cuando se discutía el Proyecto de Ley de Aborto Tres causales, con la causal de violación como a gran debate para ser aprobado, leí una noticia que decía que en el 2014 habían ingresado al Sename 667 niñas embarazadas, 52 de ellos producto de violación y pensé en la lista negra que podía existir. Así llegué a una residencia de niñas embarazadas, de un hogar colaborador de este servicio y conocí la realidad que investigué para la revista “Paula”. El reportaje fue censurado por el primer juzgado de Familia. Cuando se dio a conocer, había mucha expectativa por todo lo que había ocurrido y pensé que debía escribir un libro con otros casos. En “Abandonados”, cuento la realidad de niños y niñas que fueron vulnerados dentro de estas residencias y centros, que tuvo como consecuencia 1313 niños muertos en estos lugares en un periodo de diez años.

 

Me sorprendieron los relatos, tu capacidad de observación e investigación pero, sobre todo, el trabajo con el lenguaje para que sea directo y sin entresijos. ¿Lo hiciste así de comprensible de manera deliberada? ¿Cómo escogiste tu voz narrativa?

A los lectores en general les ha gustado mucho la cantidad de datos, pero les ha parecido que fue fundamental incluir la voz de los protagonistas, niños, niñas y adolescentes que escaparon de esto centros, madres víctimas de adopciones irregulares, madres cuyos hijos murieron en estos centros. Me parecía justo incorporar cierta retórica de reparación, porque quería dejar clara la correlación de pobreza e institucionalización. Había responsables y había que nombrarlos. A este país le cuesta responsabilizarse del dolor que se inflige en otros, creo que eso viene desde la dictadura. Yo no entendía porqué no estábamos indignados cuando en algunos centros se estaba torturando niños, una situación solo comparable a lo que sucedía en los reformatorios de Irlanda o los de España en el tiempo de Franco.

Me pareció que había que reconstruir los hechos con expedientes y, como testigo de largas entrevistas a través de esos años, los diálogos de esos jóvenes, niños y madres silenciados era lo que me parecía más relevante de contar en tercera persona. Hay bastante de crónica también. Son testimonios desgarradores, algunas historias más vertiginosas que otras, había que ir más allá de los datos, había que sumergirse, lo que también tuvo sus costos. Lo que quiero decir es que también hay trama, territorios y fracturas en las vidas de las personas. He tenido la suerte de asistir a talleres con Cristian Alarcón, y otros periodistas-escritores latinoamericanos que se empapan en las historias que los obsesionan. Historias que nos interpelan a todos.

El problema de la negligencia hacia los menores de edad que están supuestamente guarecidos en hogares del Estado no es algo que solo sucede en Chile sino también en El Salvador y otros países de Latinoamérica. ¿Cuál crees que es el origen histórico y social de este problema latinoamericano?

Sí, claro porque es un problema político, no se puede despolitizar, pero también es cultural y económico. Los niños, niñas y adolescentes de los sectores más excluidos llegan a ser adultos que luego son los marginados, por eso el nombre del libro. Es como si no tuvieran derechos, son desarraigados, abusados, víctimas de violencia de agentes del Estado, como es el caso de la violencia que hay hacia los niños en las comunidades mapuche. Hay invisibilización desde los sistemas de protección, como son todos estos casos que planteo en esta entrevista. Pero la niñez en contextos de pobreza, pese a que cada día está más presente en la agenda, aún no logra sensibilizar a las autoridades. En Chile, como en otros países de Latinoamérica, no hay una cultura de derechos, menos para la infancia. En Chile, además hay mucho adultocentrismo, es una más de la relaciones asimétricas que existen. “Como soy tu padre, tu cuidador, tu tío, te alimento, haces lo que yo te diga”. Por eso desde el libro, me pareció tan importante destacar sus voces, sus miedos, su forma de hacer familia en la calle, cuando todos los adultos que debieron protegerte, fueron tus agresores.

¿Crees que las restricciones legales y morales para la interrupción libre del embarazo en América Latina están conectadas con este problema de la incapacidad estatal de proteger a estas menores y menores de edad?

El embarazo a tan corta edad es casi siempre producto de la violencia sexual, de abusos que se han perpetuado por un largo tiempo. Ese es un problema muy invisibilizado en Latinoamérica. Una de las historias que me tocó reportear, habla justamente de niñas embarazadas por agresores de su entorno donde ningún eslabón del sistema, desde los doctores que las atendieron hasta los jueces, pudieron ver los que ellas eran: niñas obligadas a parir. Sus agresores no estaban en la cárcel, eran ellas las que estaban encerradas en una residencia de protección, sin ningún tratamiento de reparación de lo vivido, por el contrario todo apuntaba a enseñarles sobre “habilidades maternales”. Ese problema se extiende a otros países de Latinoamérica, son las llamadas “niñas-madres”. En Chile, se les niega o se les dificulta la interrupción del embarazo y el Estado en ese sentido ha sido incapaz de protegerlas, por eso me pareció llevar un capítulo para reflexionar sobre este tema. En Chile, el 77% de las denuncias por violencia sexual que se presentan a la justicia afectan a niños, niñas o adolescentes.

¿Qué esperarías del estado chileno después de tu investigación?

Soy poco optimista de lo que pase en mi país, esta es unas de las crisis de derechos humanos más espantosa después de la dictadura. Con el libro, lo que quise era tensionar, resolver y resolverlo es materia de las autoridades. El interés por este libro, los cambios, vienen de la sociedad civil, es la gente la quiere saber más. Sename se ha transformado en un negocio, porque hay entidades de organizaciones privadas que ganan dinero- por una subvención del Estado- con la institucionalización de esos niños y niñas.

Durante el estallido social, se podía leer que una de las demandas también era “No más Sename”. Por eso, visibilizar sus historias me parecía una responsabilidad política. Pero lo que pienso es que la institucionalización debe ser el último recurso. Se debe trabajar con esas familias en vez de castigarlas. En el barrio alto chileno, también hay abusos, también hay maltrato, pero los niños institucionalizados en estos hogares pertenecen a los sectores más excluidos de Chile, de hecho, ya hay niños hijos de migrantes en estos lugares.

¿Crees que la pandemia agravó o agravará el problema?

Sí, claro, el abandono de esos niños no es solo responsabilidad del Servicio Nacional de Menores, también de otras carteras como el Ministerio de Educación o el Ministerio de Salud y en ese sentido ya se ha denunciado el abandono del Ministerio de Salud en esas residencias, tanto en el área de Protección como el de Justicia Juvenil. No hay protocolo de atención, ya murió un niño por Covid 19 en un hogar, justamente por falta de atención.

¿Qué planes tienes para tu libro y para tu carrera?

 Hoy soy editora de un medio independiente que empezó hace apenas dos meses y eso me tiene muy contenta, es un equipo joven, junto a Francisca Quiroga, una directora que apuesta por el periodismo feminista. Tengo la idea de un segundo libro, pero también necesito un respiro. El libro es lo más importante que me ha pasado, pero también hubo un desgaste emocional, porque en momentos hubo que parar para poder seguir reporteando y escribiendo. Lo importante fue que crecí de muchas maneras y hoy me siento orgullosa de este proyecto, estoy muy contenta con las palabras de la gente, es un libro que ha recibido mucho cariño, más de lo que imaginé.

¿Cómo ves el panorama de nosotras y nuestras colegas periodistas que ahora empezamos a gestionar nuestros propios espacios y contenidos en un gremio que ha sido abiertamente machista?

Hay muchas personas, lectoras y comunidades que no están satisfechas con lo que ven en los medios convencionales, lo veo a diario en mi trabajo. También veo la recepción de los lectores con historias de migrantes, migrantes mujeres, distintas realidades que se pueden contar con perspectiva de género. Trabajo mayoritariamente con mujeres y ha sido unas experiencias muy significativas, creo que cuando las mujeres nos juntamos podemos ser bastante poderosas. Desde ahí, gestionar espacios y contenidos me parecen iniciativas relevantes, porque es transformador. 

Antes se hablaba de “crimen pasional”, ahora decimos “femicidios” y es impensable retroceder. Hoy se nombra la violencia, se cuentan historias sobre inmigrantes abusadas en un paso fronterizo, se habla de la violencia de género hacia niñas y mujeres, se habla de violencia como un problema estructural. Reporteamos sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Y nos leen, nos leen mucho, ya no hay vuelta atrás.

Este libro trata de las consecuencias de unas formas culturales muy específicas de cómo se llevan adelante los embarazos, los partos y las crianzas en América Latina ¿Cómo dialogó tu libro con tus propios deseos de ser madre o no madre?

Ser madre en Latinoamérica es difícil. Vivimos en una sociedad agresiva con la maternidad. No es fácil quedar embarazada, tener un parto sin violencia obstétrica, dar de mamar en lugares públicos, enfrentar el mercado laboral, volver al trabajo con hijos. Todo el mundo las juzga, lo cuento en el libro: muchas madres de hijos institucionalizados no eran negligentes, simplemente eran pobres y no tenían redes de apoyo. Fueron castigadas, porque siempre hay imposiciones desde las autoridades y la sociedad.

En mi caso, también creo en los distintos tipos de maternidades, hay mujeres que son cuidadoras, otras que adoptan, particularmente nunca he sentido un deseo imperativo de ser madre y tampoco es algo a lo que le dé la espalda. Desde el feminismo, tengo amigas que me cuentan cómo es marentar a veces desde la precarización, de esa negociación permanente en sus trabajos y marentar en Chile es bastante difícil. Es el país de los padres ausentes, de las familias monoparentales de mujeres y abuelas heroicas que crían a sus nietos.

Creo que me gusta más la idea de conquistar los espacios masculinizados, así era de niña y me gusta pensar un futuro reporteando y escribiendo con mucha libertad. El otro día leí un artículo que planteaba la pregunta ¿Hay una sola manera de ser madre feminista o de ser una feminista no madre? Y creo que también hay que recordar que la relación mujer-madre es una construcción social y por ahí, personalmente, también me parece revolucionario no serlo.

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