En términos generales, las tasas de deserción en El Salvador siguen siendo preocupantes. El cierre de la matrícula en el año 2019, según datos de MINEDUCYT, fue de 1,330, 646 estudiantes y al inicio del 2020 se reportaron matriculados 1,145,580 estudiantes. Poco más de 185 mil estudiantes abandonaron el sistema educativo entre el final de 2019 y el inicio del año escolar 2020. La cantidad de estudiantes que abandonaron la escuela entre finales de 2019 e inicios de 2020 es casi cuatro veces la deserción entre 2018 y 2019 (48, 832 estudiantes). 

Según un estudio conducido por FEDISAL en el 2018, abandonar la escuela coloca a la niñez y adolescencia en una condición mayor de vulnerabilidad con respecto a sus pares que no desertan; y , aumenta el riesgo de no alcanzar condiciones de vida dignas: condiciones socioeconómicas, calidad de vida para las familias, riesgo de pobreza y dificultades para ingresar al mercado laboral formal y acceso a condiciones de seguridad social.  

El escenario anterior, es el escenario “habitualde la deserción escolar en El Salvador. Sin embargo, con el COVID19 la situación se complicó aún más. Según estimaciones hechas por UNICEF, en Latinoamérica y el Caribe, hay un aproximado de 154 millones de niños, niñas y adolescentes que, en el marco de la crisis causada por COVID19, se encuentran temporalmente fuera de las escuelas. 

El cierre de las escuelas también implica el cierre a otros servicios básico que se brindan en muchas escuelas: alimentación, programas de recreación, programas de prevención, atención familiar, actividades extracurriculares, el apoyo pedagógico, etc. Según planteamientos preocupantes de UNCIEF y UNESCO, mientras más tiempo pasan los niños, niñas y adolescentes fuera del espacio escolar, es más difícil que regresen.  

Pero ¿cómo se agudiza para las estudiantes niñas y adolescentes? Es decir ¿por qué estas condiciones representan un riesgo específico para ellas?  

Como ya lo señalan varias especialistas, hay un impacto en la realidad que enfrentan las niñas y adolescentes en sus hogares y comunidades, por las condiciones de sus vidas, previas al COVID19, y que se han agravado por el confinamiento obligatorio. 

En primer lugar, las condiciones de confinamiento obligatorio a nivel nacional, y de hacinamiento en muchos hogares, representan un incremento en los riesgos de sufrir violencia de género, pues muchas de las niñas y adolescentes viven con sus agresores o agresoras.  Y, en segundo lugar, hay un riesgo de que aumente la carga del trabajo de cuidado y de labores domésticas en los hogares que afecta el tiempo disponible para el aprendizaje ya sea a través de las guías pedagógicas o el trabajo en plataformas virtuales que el MINEDUCYT pone a disposición de estudiantes en escuelas públicas.  

Ya sabemos que las razones de la deserción son diversas: principalmente económicas, por cambio de domicilio, por violencia de pandillas, por migración, pero también porque el sistema está haciendo poco por mantener a sus estudiantes interesados en el proceso de aprendizaje. : Lo plantea Oscar Picardo en un artículo reciente, que estudiantes, adolescentes sobre todo,  de tercer ciclo, no encuentran que la escuela sea un espacio interesante, ni inspirador, ni pertinente para sus vidas. Sin embargo, y aunque las estadísticas nacionales nos dicen que los niños y adolescentes hombres son los más afectados por la deserción, es necesario y urgente poner atención a aquellas razones por las cuales están desertando las niñas y las adolescentes, pues son específicas de su condición de ser niñas y mujeres.    

Los datos reflejan un riesgo de deserción específico para las niñas y adolescentes: un 3.79% de las niñas que abandonan la escuela lo hacen por “trabajo doméstico”; en cambio solo un 0.78% de los niños que desertan lo hacen por estas razones. Además, un 1.77% de las niñas que desertan lo hacen por embarazos. Y hay que considerar que el riesgo de que abandonen la escuela en el caso de las niñas de la zona rural es mucho mayor. Aunado esto, 5 de cada 10 de las niñas y adolescentes que ni estudian ni trabajan no lo hacen, según datos del BID (2018) porque se dedican a trabajos de cuidado que no son remunerados, en un promedio de 9 horas diarias.  El trabajo doméstico y/o de cuidados se vuelve un obstáculo significativo para que las niñas y adolescentes continúen con sus estudios. No sucede así con los niños y adolescentes varones. 

Estos datos son relevantes porque son razones que representan un riesgo de exclusión educativa mayor para las niñas y adolescentes que probablemente solo se agudizarán con las condiciones en las que la pandemia ha colocado al sistema educativo y a las niñas y las adolescentes.   

¿Qué debería hacerse desde el Estado para minimizar lo más posible el impacto del COVID19 en la educación escolar de las niñas y adolescentes en El Salvador? 

Es necesario pensar en mecanismos que aseguren que las condiciones en las que el COVID19 ha puesto a los sistemas educativos y a la sociedad en general, no sigan profundizando las condiciones que dejan fuera del sistema educativo a las niñas y a las adolescentes. También es urgente que docentes, directores, directoras y otres tomadores de decisión del sistema sean conscientes sobre su rol en la sensibilización y toma de acción sobre el aumento del riesgo de casos de violencia de género, abuso sexual, sobrecarga de las tareas domésticas y de cuidados en los hogares de sus estudiantes niñas y adolescentes. Será importante, además, establecer mecanismos para involucrar a otras organizaciones, redes y espacios de mujeres y jóvenes para que se sumen a estos esfuerzos

 

Carolina Bodewig (1988) es una feminista con estudios en comunicación social de la Universidad Centroamerican José Simeón Cañas. Tiene una maestría en investigación educativa por la Universidsd Iberoamericana de la Ciudad de México. Actualmente trabaja en la organización ConTextos en El Salvador. Es catedrática universitaria y es cocreadora del podcast Temporada de Leonas de Alharaca.

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