EDITORIAL /Descompases

Agua de Javel (o los sentidos)

by May 20, 2020Descompases0 comments

Elena Salamanca, en este relato de ficción, ubica a lxs lectorxs en un tiempo de reyes y carruajes y lxs introduce a un mundo de mujeres. En ese tiempo, que bien podría ser este, el punto de vista de una niña es la lupa de la desigualdad de género y nos muestra el camino de normalización de la violencia contra las mujeres.

La puta Dione amaneció con los ojos y la boca abierta. Su hija Elodie asomó el rostro a la boc abierta de su madre y olió agua de Javel. Lavandera como había sido, la puta Dione sabía cuánto blanqueador beber para llegar a la muerte. Elodié calculó que su madre había bebido una botella. 

La niña levantó a su madre, le cerró los ojos, la boca. Madame Loupac se acercó al cuarto y dijo: 

– Limpia bien, niña, que en esta cama no quede el hedor de tu madre. 

La madre de Elodie había venido a menos en la casa de amancebamiento de Madame Loupac. Su carne de 35 años ya no gustaba a los hombres de la villa. Madame pudo mandarla a la calle, pero cuando vio el cuidado con el que lavaba la ropita de la niña, la dejó como lavandera. 

La puta Dione fue la muerta más limpia de la villa. Elodie había empezado en el oficio doméstico muy temprano y supo lavar el cuerpo de su madre, quitar la costra de los brazos, la mugre de las uñas, incluso, arrancarle el olor de la muerte, inasible, inodoro, con el agua de Javel en proporción justa mezclada con pétalos de flor de lavanda. Fue una lástima que el cura no quisiera bendecirla. 

Elodie salió sola y sucia del cementerio, habían tirado a su madre en un agujero en el ala más oscura, donde enterraban a los suicidas y a los pobres, y al regresar a la casa de Madame volvió a la lavandería, su madre había bebido tanta agua de Javel que tendría que hacer milagros para terminar la ropa de la semana. 

Subió a un banquito y dejó caer en el enorme cubo los calzones y los corsés de las guapas de Madame Loupac. Al verse en el agua se encontró pelirroja y extraña, muy parecida a su madre. Había crecido mucho, pero no lo suficiente para empezar en el oficio. Madame Loupac había visto cómo crecía su pelo, se alargaban sus rizos, afloraban las pecas, y las manos, manchadas por manipular la lejía desde pequeña, se hacían más fuertes. Cada mañana, la madama buscaba, impaciente, entre las sábanas de la niña, pero nunca encontraba el signo de la desgracia.  

Una mañana, Elodie vio una mancha en su sábana. Su madre le había dicho que el día que pasara, debía lavar de inmediato la sábana y dejarla intacta, impoluta y lejos de los ojos de Madame Loupac. No fuera a meterla ese mismo día en el oficio de las guapas. Hija de lavandera como era, Elodie lavó la sábana con precisión, pero, niña como era, no pudo borrar con exactitud la mancha, y al colgarla a tender, un parche se dibujó contra el sol. Madame Loupac sonrió y supo que era hora que la chica continuara el oficio de la madre. 

– Las sábanas y los fustanes apestan- dijo la Madama al cruzar el patio. 

Elodie bajó la vista y temió los gritos de la Madama. Cuando apartaba la ropa, adivinaba los dientes negros de los villanos que llegaban la casa, su aliento oxidado, los miembros purulentos, el olor se había pegado a su nariz, le parecía siempre el mismo, con la ropa limpia contra el sol, la niña sentía el hedor de los hombres, y no notaba si hacía bien o mal el trabajo. 

– Debes estar cansada, chiquilla. Deberías tomarte un descanso, rezar un poco por tu madre. Este olor puede matarte también y no queremos eso. Llamaré a una vieja a que venga a pudrir sus manos con la ropa –tomó las de la chica-. Es mejor que pases a trabajar a la casa, será menos pesado, querida Elodie. 

Querida. 

Madame Loupac no quería a nadie. Oronda y entre holanes pasaba por los cuartos de sus guapas, y si encontraba que no se habían lavado como era debido o habían metido a algún noviecito les daba de palos con su bastón, muy parecido al del Rey Sol en factura precaria, les halaba el pelo, lanzaba escupitajos.  

 A Elodie, en cambio, le acarició el pelo y la mandó a la cocina: 

– Tu madre guisaba muy bien, seguro heredaste su sazón

No iba a desperdiciar a Elodie con un villano borracho. Desde la cocina veía como la cadera de la 

chica se cimbraba al buscar las ollas, al sacar el pan del horno, por su corsé raído asomaban los 

senos como un par de pichones y Madame Loupac mordía las naranjas, el pan y sorbía la sopa con gusto. Algún conde o un barón, saboreaba la vieja. 

El rey pasó por la villa rumbo a su palacio de verano. Asomó su nariz quebrada por una ventanilla del carruaje y vio a los descalzos y piojosos de la villa, sus hijos.  

– ¡Adiós, padre! -gritaban los tuertos, los tartamudos, las viejas beatas. 

– ¡Adiós, hijos míos! -respondía el rey

El viaje lo había agotado y tenía fiebres. Había temblado todo el camino y su ayuda de cámara 

pensó que lo mejor era llevarle una chica nueva, virgen. 

– Señor nuestro, padre, ya verá cómo mejora. 

Madame Loupac sonrió con los dientes apretados cuando escuchó al ayuda de cámara del rey bajar de un carruaje frente a su casa. Vio entre sus guapas, obesas o desnutridas, rubias o morenas, los senos manoseados por borrachos, las coyunturas laxas de tanto abrir y cerrar el cuerpo. Llamó al ayuda de cámara y lo llevó a la cocina:  

– Tengo el remedio para su majestad, nuestro padre. 

Y abrió la puerta: Elodie desplumaba un pichón. 

– ¿Cómo va la cocina, mi Elodie? 

– Este pájaro huele a fruta –acercó Elodie su nariz al corazón del pájaro y dejó ver su pecho blanco -, Marie se curará pronto–apartó el cabello de su cara con unos dedos llenos de sangre. 

– Qué hermoso corazón de niña -dijo el ayuda de cámara. 

– No vas a creerlo, querida, Nuestro Padre el rey ha pasado por esta villa rumbo al palacio de verano y está enfermo, necesitamos tu caldo de pichón. 

Los ojos de Elodie se abrieron como se abrían ciertas flores en la madrugada, sacó el corazón del pájaro y lo apartó en un cazo. No imaginaba al rey más allá de ese perfil que había visto, pocas veces, en las monedas. De seguro sus dientes no eran negros como los de los villanos que visitaban a Madame Loupac. Era el Rey, el Padre de todos. 

Corrió a los patios a buscar otro pichón, más gordo, más azul, le tiró un trapo encima, se apresuró a torcerle el cuello, sacarle la sangre, quitarle las plumas, abrir el pecho, sacar el corazón. Buscó entre los tesoros de sus especias y eligió dos clavos de olor, cada uno clavado en las alas del ave. No necesitaba más, salvo el último hervor, el humo de la cocina olía como un incienso. La niña esperó hasta que los clavos salieran las alas con la presión del vapor, entonces dejó caer unas cáscaras de naranja, ese era el secreto, la cura. Preparó una ollita, se lavó las manos, se enjuagó la cara, espero a Madame y el ayuda de cámara. La llevaron al carruaje y Madame la despidió con una sonrisa de dientes apretados. 

No pudo ver el palacio. Los árboles eran altos y tupidos, en el camino no había más que la luna. El ayuda de cámara preguntó por las manchas de sus manos. 

– Es agua de Javel –dijo con miedo. 

Llegaron pronto. El ayuda de cámara tomó la ollita, bajó a Elodie, la llevó con premura por los 

salones, había poca luz, ella quería ver las paredes, los tapices, las lámparas. El palacio apestaba como tumba de todos los reyes muertos en olor de santidad. Por fin llegaron a la cámara del rey, 

– Nunca veas a los ojos a Nuestro Señor Padre, a menos que te lo ordene -indicó el ayuda de cámara, la empujó, entraron, el hombre hizo una reverencia, dejó la olla, salió. 

Una silueta tambaleante y encorvada la esperaba. Se acercó a ella, dejó ir su aliento amarillo sobre su cara, rompió su corsé y clavó las uñas en su pecho de pájaro. No había mucha diferencia entre el Rey y los villanos que visitaban la casa de Madame Loupac. Elodie cerró los ojos, no podía ver al Rey, no podía huir del padre de todos, su señor. El Rey pasó sus dientes astillados por el cuello de la chica. Elodie tuvo miedo, soltó la olla, el caldo cayó al piso. 

En la madrugada la devolvieron a la casa, el cuello morado, los senos heridos. Madame Loupac recibió muchas monedas con la efigie del rey como pago, Elodie ni siquiera pudo verlo a la cara. 

La matrona le recomendó que se pusiera unos paños de agua tibia obre el cuello, esos que colocaba sobre las chicas cuando un borracho las había mordido. Pronto estaría bien, debía estarlo, tal vez el rey volvería a pedirla. 

Y así fue. 

La niña volvió a salir de noche y a regresar en la madrugada, aventada del carruaje frente a la casa. Procuró entrar con cuidado, no hacer ruido para no despertar a las guapas. 

Cuando salió el sol y Elodie volvió al patio para barrer la mierda de las palomas, las guapas la siguieron: ¿Cómo es el Rey?, ¿a qué huele? ¿es bueno? Reían. Elodie cambiaba el camino, cogía la escoba y barría las plumas de las palomas. Entonces la Madama la siguió molesta, la tomó de los brazos, le gritó: 

– Contesta, niña. No todos los días te acuestas con el Rey de Francia. 

Elodie abrió la boca y Madame gritó como gimen los animales en el rastro al ver el túnel en la boca de Elodie. 

Había regresado sin lengua. 

Por la noche había escuchado algo. El Rey hablaba con alguien algún asunto de las cortes, de una rebeliones. No supo discernir de qué se trataba entre el sopor del cansancio. El Rey, sospechando que pudiera revelarlo, le arrancó la lengua. 

La vieja Madame volvió sobre sus pasos y llegó a la cocina. Movió entre las manos un pedazo de carne que Elodie pondría a salar. Tener una casa de guapas es una cosa difícil: siempre las niñas serán más guapas que las esposas y las esposas las odiarán, los hombres, no importa cuán feos o viles sean, despreciarán siempre a las viejas y buscarán el olor de las niñas. No importa que no se bañen, los cuerpos jóvenes siempre serán los mejores. A veces las golpearán, a veces querrán matarlas, pero siempre dejarán las monedas en la mesita. Manoseó la carne y le pareció otra lengua, la lengua de la niña. 

– Que Nuestro Padre el Rey haga su voluntad –se dijo la vieja. 

El Rey volvió a pedirla y volvió a devolverla. 

Por la noche, el rey había dibujado un mapa, alguna campaña de guerra sobre la espalda de la niña. La línea de la tinta había convertido su cuerpo en los montes más profusos, los ríos de tinta corrían hasta las sábanas y Elodie veía las manchas crecer y aumentar como ríos en la lluvia. Volteó el rostro para ver el mapa. En su espalda vio el territorio, quizás esa mancha en su piel era Francia. 

En la madrugada, la tiraron en la puerta de Madame Loupac, como siempre. Elodie se detuvo en la puerta y buscó la manija. La vieja matrona la esperaba, la detuvo en la puerta, la niña tropezó con el cuerpo de la madama. Levantó la cara, se apartó el cabello. Madame Loupac pasó la mano por la cara de la niña, una, dos veces. Elodie no se inmutó. 

La madama se hizo un nudo en el delantal y la metió a la casa. Elodie arrastró las manos por la pared, tropezó con las sillas y los trastes. Madame Loupac se mordió la lengua y masticó hacia sus entrañas:  

– La ingratitud de Dios en grande y en el Rey Nuestro Señor hace su voluntad. 

Elena Salamanca (San Salvador, 1982). Escritora e historiadora. Ha publicado La familia o el olvido (El Salvador, 2017 y 2018), Peces en la boca (México, 2013 y El Salvador, 2011), Landsmoder (El Salvador, 2012) y Último viernes (El Salvador, 2008 y Suecia, 2010).
Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán y sueco.

Es candidata al Doctorado en Historia en el Colegio de México y en sus tesis investiga las relaciones entre unionismo centroamericano, ciudadanía y exilio en México en las décadas de 1930 y 1940. Es Maestra en Historia por El Colegio de México (2016) y Máster en Historia Iberoamericana Comparada por la Universidad de Huelva, España (2013).

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